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Incertidumbre maternal

Acabo de levantar los más que seguros 13 kilos de mi no tan bebé (o eso creía) de la misma postura en la que se dormía cuando tenía días o pocos meses, justo encima de mí, para escribir esto después de pasarme un buen rato disfrutando de tenerlo dormido encima como mi bebé otra vez.

Lo he tenido que dormir con una nana y llevando el ritmo dándole palmaditas en el culete como hace más de año y medio que no hacía; y no porque crea en Estivil ni en ninguno de esos chalados sin corazón, sino porque Martín pasó de ser un bebé que sólo se dormía en brazos y con cánticos de sirena a no querer brazos ni de casualidad, básicamente porque dormir para él jamás ha sido una prioridad y sabía que la nana y el movimiento significaban pasar al país de los sueños…

Pero hoy algo le atormentaba, posiblemente lo mismo que a mí; ha tardado exactamente dos horas en conciliar el sueño, primero lo intentó él sólo, luego me llamó y a su manera me pidió que le ayudara… Yo también estaba atormentada y necesitaba estar a su lado…
Le canté, me inventé varios cuentos, lo acaricié, lo acuné… y por fin, después de mucho tiempo, hicimos las paces y durmió tranquilo…

El fin de semana ha sido intenso; Martín está en la época del NO absoluto y cuando digo absoluto es efectivamente absoluto. De primeras el NO es siempre la respuesta elegida. Además de eso, está probando límites y retando a ver hasta dónde puede llegar.

Hace tiempo que supe que con este niño tendría que tener paciencia, porque se parece demasiado a mí, es igual de cabezón, e igual de pesado e insistente que su padre, mala combinación cuando se trata de poner a prueba los nervios de unos padres, buena para el resto de la vida… así que me lo tomo con paciencia… pero después de 10 ó 15 vasos derramados adrede, 3000 piezas de juguetes desperdigados como 6 veces por el salón, un lío de campeonato en la peluquería, varias batallas campales para vestirlo, para bañarlo y para limpiarle su “caqui” (así le llama ahora, cosa que me da bastante repelús también) una pierde un poco la esperanza de que lo esté haciendo bien…

Y sé que mañana o pasado o en un mes, lo veré de otro modo, pero hay días en los que aunque no pierdas los nervios, la incertidumbre de saber si lo estás haciendo de la manera adecuada te va devorando por dentro, y como escribía antes de dormir a mi recién descubierto bebé, a veces me encantaría que alguien pudiera asegurarme cuando las cosas se ponen feas o cuando estás tremendamente cansada que lo estás haciendo bien como madre, como cuando estabas en el cole haciendo un problema y no estabas del todo segura de estarlo haciendo bien, mirabas con ojitos de cordero degollado al profesor que se paseaba entre las filas de pupitres y él se acercaba como si nada, miraba el ejercicio de reojo y te tocaba el hombro dándote dos palmaditas en señal de que ibas por buen camino.

Pero señores y señoras, creces y te das cuenta de que todo es una trampa, que nadie va a estar ahí para asegurarte que estás acertando en el ejercicio más difícil, más importante, más humano, más real y más eterno de tu vida: LA MATERNIDAD.